
La etapa comienza dejando atrás las calles de Setúbal para salir rápidamente por la IC1 en dirección norte. Durante los primeros kilómetros todavía circulamos entre zonas urbanas e industriales, con varias glorietas, semáforos y un tráfico algo más intenso que obliga a mantener un ritmo tranquilo. Poco a poco los edificios van desapareciendo y la carretera se abre paso hacia un entorno mucho más natural.
La IC1 presenta aquí un trazado amplio, con buen firme y largas rectas enlazadas por curvas muy suaves que permiten disfrutar de una conducción relajada. No es un tramo especialmente técnico, pero sí muy cómodo para comenzar la jornada mientras el motor alcanza su temperatura y el paisaje empieza a transformarse. El rumor del tráfico va perdiendo protagonismo y es sustituido por el sonido constante del viento que acompaña la marcha.
A nuestra derecha aparece la Reserva Natural del Estuario del Sado, uno de los espacios protegidos más importantes de Portugal. Aunque la carretera no discurre pegada al agua, el mapa y el entorno dejan entrever la enorme extensión de marismas, canales y zonas inundables que caracterizan este ecosistema, hogar de una gran diversidad de aves y de los conocidos delfines del Sado. La cercanía del estuario aporta una humedad característica al ambiente y, en determinadas épocas del año, también el inconfundible olor salino que llega desde el Atlántico.
El tramo concluye tras algo más de treinta kilómetros en un enlace donde debemos abandonar la IC1 tomando una salida hacia la derecha para incorporarnos a la carretera R253, continuando así la ruta hacia el litoral alentejano.

Abandonamos el entorno de Alcácer do Sal por la IC1 para afrontar un tramo cómodo y fluido que sirve como excelente transición hacia el corazón del Alentejo litoral. La carretera presenta dos carriles amplios, un firme en muy buen estado y curvas de gran radio que permiten mantener un ritmo constante sin apenas esfuerzo. Es una vía pensada para avanzar kilómetros con rapidez, aunque el paisaje invita a disfrutar del recorrido sin prisas.
Los primeros kilómetros transcurren entre suaves dehesas pobladas de alcornoques y encinas, uno de los paisajes más representativos de esta región portuguesa. El aire suele llegar cargado del aroma de la vegetación mediterránea y de la tierra húmeda, mientras el sonido del motor se mezcla con el viento que acompaña la marcha. De vez en cuando aparecen pequeños cursos de agua y zonas arboladas que rompen la uniformidad de la llanura.
Al aproximarnos al río Sado, la carretera ofrece una magnífica perspectiva del amplio estuario y de la Reserva Natural del Estuario do Sado. El largo puente permite contemplar este inmenso espacio de marismas, canales y arrozales donde es habitual observar numerosas aves acuáticas. La sensación cambia por completo durante esos instantes: el horizonte se abre, aumenta la humedad del ambiente y la cercanía del agua aporta una agradable frescura antes de regresar de nuevo a tierra firme.
Superado el puente continuamos entre bosques dispersos y suaves ondulaciones del terreno, siempre sobre un asfalto impecable que transmite mucha confianza. Aunque el trazado no busca emociones fuertes, sí permite relajarse y disfrutar de la amplitud del paisaje mientras dejamos atrás definitivamente el entorno del estuario.
El tramo finaliza en un enlace donde debemos abandonar la IC1 tomando la salida hacia la derecha para incorporarnos a la R253, continuando la ruta en dirección al siguiente tramo.

La R253 nos conduce hacia la costa atlántica por una carretera amplia, con un asfalto impecable y un trazado muy agradable para viajar. Predominan las curvas abiertas y las largas rectas, lo que permite mantener un ritmo constante mientras el paisaje comienza a anunciar la cercanía del océano. El motor gira relajado y el aire adquiere poco a poco una mayor humedad, dejando atrás el ambiente más seco del interior.
A ambos lados aparecen extensas masas de pinos piñoneros y alcornoques, alternándose con zonas de cultivo y claros donde la vegetación deja ver la inmensidad del Estuario del Sado. El silencio de este espacio natural solo se rompe por el rumor del viento y el sonido constante de la moto. El aroma a resina de los pinares se mezcla en algunos momentos con el olor salino que llega desde el Atlántico, una señal inequívoca de que nos acercamos a uno de los rincones más singulares del litoral portugués.
Durante buena parte del recorrido avanzamos junto a la Reserva Natural del Estuario do Sado, un enorme humedal de marismas, canales y arrozales que constituye uno de los espacios protegidos más importantes de Portugal. Aunque la carretera nunca se adentra en él, resulta fácil intuir su riqueza natural observando las láminas de agua y la vegetación característica que aparecen junto al recorrido.
Los últimos kilómetros mantienen el mismo carácter tranquilo mientras los pinares se hacen más densos y el relieve permanece prácticamente llano. La sensación es la de rodar sin esfuerzo, disfrutando de una carretera que invita a contemplar el paisaje tanto como a conducir.
El tramo concluye al llegar a Comporta, donde alcanzamos una intersección en forma de T. Allí debemos girar a la izquierda para incorporarnos a la N253-1 y continuar la ruta hacia el siguiente tramo.

Al dejar atrás Comporta nos adentramos en uno de los tramos más representativos de la costa alentejana. La N261 ofrece una calzada amplia, un firme excelente y un trazado muy fluido en el que predominan las largas rectas y las curvas abiertas. Es una carretera que permite rodar con total comodidad, disfrutando de una conducción relajada mientras el paisaje cambia poco a poco con la cercanía del Atlántico.
Los pinares pasan a convertirse en los grandes protagonistas. Sus copas acompañan la carretera durante buena parte del recorrido y perfuman el ambiente con un intenso olor a resina que se mezcla, de forma intermitente, con la brisa húmeda que llega desde el océano. El rumor del viento entre los árboles y el sonido constante del motor crean una atmósfera muy agradable que invita a dejar pasar los kilómetros sin prisas.
Aunque el mar apenas se deja ver desde la carretera, sabemos que circula muy cerca de nosotros. A nuestra derecha quedan algunas de las playas más conocidas de la península de Tróia y del litoral de Comporta, un entorno de dunas, extensos arenales y pinares que constituye uno de los paisajes costeros más singulares de Portugal. La carretera avanza prácticamente paralela a esta franja litoral, siempre rodeada de naturaleza y con muy poca sensación de tráfico.
Superados ya los cien kilómetros de etapa, el recorrido mantiene un ritmo muy agradable. Las suaves ondulaciones del terreno apenas alteran la marcha y el asfalto transmite una gran sensación de seguridad. Es uno de esos tramos en los que resulta fácil concentrarse únicamente en conducir, respirar el aire del pinar y disfrutar del horizonte que se abre entre los árboles.
El tramo concluye en un cruce en forma de Y donde debemos mantenernos por la rama de la derecha para abandonar la N261 e incorporarnos a la M544, continuando hacia el siguiente tramo.

Este breve tramo apenas sirve como enlace entre dos carreteras, pero mantiene el agradable ambiente que caracteriza a esta parte del litoral alentejano. La M544 conserva un firme en perfecto estado y un trazado muy sencillo, con una amplia curva que permite avanzar con total suavidad antes de alcanzar las primeras casas de Aldeia de Brescos.
Los pinares siguen dominando el paisaje y el aire continúa impregnado de ese característico aroma a resina que acompaña desde Comporta. La cercanía del océano se deja notar en la humedad del ambiente y en la ligera brisa que refresca la conducción, aunque el mar permanezca oculto tras la vegetación.
Enseguida entramos en Aldeia de Brescos, una pequeña localidad de ambiente tranquilo donde la carretera se convierte en travesía. Las viviendas aparecen a ambos lados y conviene moderar el ritmo mientras atravesamos sus calles, disfrutando del cambio de escenario tras varios kilómetros rodando entre pinares.
Al final llegamos a un cruce donde giraremos a la izquierda.

La salida de Aldeia de Brescos nos devuelve rápidamente a una carretera amplia y muy agradable para conducir. La M1085 presenta un firme excelente y un trazado sencillo, con largas rectas y curvas muy abiertas que permiten rodar con total fluidez. Es un tramo corto, pero concentra algunos de los paisajes más característicos de esta parte del litoral alentejano.
Durante buena parte del recorrido avanzamos junto a las Lagoas de Santo André e Sancha, uno de los espacios naturales más valiosos de la costa portuguesa. A nuestra derecha quedan estas lagunas costeras protegidas, separadas del Atlántico por un estrecho cordón de dunas y pinares. Aunque el océano permanece oculto tras la vegetación, la brisa húmeda, el olor a sal y el ambiente fresco recuerdan constantemente su cercanía. El sonido del viento entre los pinos acompaña el suave ronroneo del motor mientras disfrutamos de una conducción tranquila.
Las masas de pino piñonero vuelven a dominar el paisaje, alternándose con pequeñas zonas urbanizadas conforme nos acercamos a Vila Nova de Santo André. La carretera mantiene siempre una excelente visibilidad y transmite una agradable sensación de amplitud, perfecta para recorrer este rincón del litoral sin prisas.
Poco antes de alcanzar el final del tramo la vía gana capacidad y el tráfico aumenta ligeramente al aproximarnos a la ciudad. La transición desde el entorno natural hacia la zona urbana resulta muy progresiva y apenas rompe el encanto del recorrido.

Este corto tramo atraviesa Vila Nova de Santo André por una vía rápida y moderna que permite abandonar con facilidad el núcleo urbano. La R261-5 dispone de dos carriles amplios, un firme impecable y un trazado muy fluido que facilita mantener una conducción relajada. El tráfico puede ser algo más intenso que en los tramos anteriores, aunque la circulación resulta cómoda gracias a la buena visibilidad y a los amplios radios de sus curvas.
Mientras dejamos atrás la ciudad, a nuestra derecha quedan diversos servicios y zonas comerciales, y muy cerca del recorrido se encuentra el Kartódromo Internacional de Santo André, un recinto bien conocido por los aficionados al motor. Poco a poco los edificios van desapareciendo y vuelven a imponerse los pinares que caracterizan esta franja del litoral alentejano. El aire mantiene ese agradable aroma a resina mezclado con la humedad procedente del cercano Atlántico, mientras el viento acompaña el sonido constante del motor.
La cercanía de la Reserva Natural de las Lagoas de Santo André e Sancha sigue marcando el paisaje, aunque ahora apenas intuimos su presencia entre la vegetación. El recorrido continúa siendo rápido y muy cómodo, perfecto para enlazar con la siguiente carretera sin perder el agradable ritmo de la etapa.
El tramo concluye en un enlace donde debemos abandonar la R261-5 tomando la salida hacia la derecha para incorporarnos a la N261 y continuar la ruta hacia el siguiente tramo.

La N261 continúa acompañándonos por el litoral alentejano con una carretera amplia, perfectamente asfaltada y muy agradable para conducir. El trazado alterna largas rectas con suaves curvas de amplio radio que permiten mantener un ritmo constante y relajado. La sensación sigue siendo la de viajar sin esfuerzo, dejando que los kilómetros pasen mientras el paisaje cambia muy lentamente a nuestro alrededor.
A nuestra derecha continúan extendiéndose los pinares que protegen las Lagoas de Santo André e Sancha, mientras que hacia el oeste, aunque oculto tras la vegetación y las dunas, el océano Atlántico permanece siempre muy próximo. El aire conserva ese inconfundible aroma a resina mezclado con el salitre, y la ligera brisa marina aporta una agradable frescura incluso en los días más cálidos. Solo el viento y el sonido acompasado del motor rompen el silencio de este espacio natural protegido.
La carretera presenta una excelente visibilidad y algunas suaves ondulaciones que hacen el recorrido todavía más entretenido sin perder su carácter tranquilo. Es un tramo para disfrutar del entorno, respirar profundamente y dejarse llevar por uno de los paisajes más representativos de la costa portuguesa, donde naturaleza y carretera parecen avanzar de la mano.
Con algo menos de la mitad de la etapa recorrida, seguimos acumulando kilómetros con facilidad, acercándonos poco a poco al tramo más costero del día.
El tramo finaliza en un cruce en forma de T donde debemos girar a la derecha para incorporarnos a la A26-1 y continuar hacia el siguiente tramo.

Este tramo continúa por la A26-1, una vía rápida de doble calzada que permite avanzar con agilidad mientras seguimos muy cerca del litoral atlántico. El firme es excelente y el trazado resulta amplio y cómodo, con curvas de gran radio y cambios muy suaves de dirección que invitan a mantener un ritmo constante. Aunque no sea la carretera más emocionante para un motorista, cumple perfectamente su función de enlazar los siguientes sectores de la etapa.
A nuestra derecha aparecen las instalaciones del complejo petroquímico de Sines, un importante centro industrial que contrasta con el entorno natural que nos ha acompañado durante los últimos kilómetros. Hacia el oeste, tras la franja de pinares y dunas, continúa extendiéndose el Atlántico. Aunque apenas podamos verlo, la humedad del ambiente, la brisa marina y el característico olor a sal siguen recordándonos que rodamos muy cerca del océano.
La carretera ofrece una excelente visibilidad y permite disfrutar de una conducción relajada. El rumor del viento gana protagonismo a medida que aumenta la velocidad, mientras los pinares vuelven a aparecer en los márgenes de la vía suavizando el impacto visual de la zona industrial. Es un tramo corto y de transición, pensado para acercarnos a uno de los grandes protagonistas de la jornada: Sines.
Al finalizar alcanzamos un enlace donde debemos abandonar la autovía tomando la segunda salida hacia en una rotonda en la que continuaremos recto para continuar por la R261-5.

Este breve tramo enlaza dos de las principales vías que rodean Sines. Circulamos por el IP8, una carretera de doble calzada, ancha y perfectamente asfaltada, diseñada para absorber el tráfico que se dirige tanto al puerto como al importante complejo industrial de la ciudad. La conducción resulta cómoda y muy fluida, con amplias curvas y excelente visibilidad.
A nuestra izquierda se extiende la zona industrial y logística de Sines, uno de los mayores polos energéticos y portuarios de Portugal. Grandes instalaciones, depósitos y torres de comunicación recuerdan la importancia económica de este enclave, mientras que, muy cerca, el Atlántico continúa marcando el carácter de la comarca. Aunque el paisaje es claramente más urbano e industrial que en los kilómetros anteriores, la brisa marina sigue suavizando el ambiente y el viento vuelve a ser el principal compañero de viaje.
El recorrido apenas dura unos minutos, pero permite abandonar la vía rápida de forma cómoda para regresar a carreteras de menor entidad. Es un tramo puramente funcional que enlaza con la siguiente parte de la etapa sin complicaciones y manteniendo un ritmo constante.
Tras 3 km de tramo llegamos a una rotonda donde debemos tomar la tercera salida para incorporarnos a la IC4 y continuar hacia el siguiente tramo.

La IC4 abandona el entorno industrial de Sines y vuelve a acercarnos a un paisaje mucho más natural. La carretera mantiene un excelente firme y una anchura generosa, alternando largas rectas con curvas amplias que permiten mantener un ritmo constante y relajado. Es una vía cómoda para viajar, donde la conducción fluye sin esfuerzo mientras el motor acompaña con un sonido uniforme que se mezcla con el viento procedente del Atlántico.
Durante buena parte del recorrido avanzamos entre pinares, pequeños bosquetes y zonas abiertas donde el monte bajo se alterna con claros agrícolas. Muy cerca de nosotros se encuentra la Reserva Natural del Sudoeste Alentejano y Costa Vicentina, uno de los espacios naturales más valiosos de Portugal. Aunque el océano queda oculto tras la franja de vegetación, su presencia se deja notar en el aire húmedo y fresco y en la luz característica de esta costa atlántica.
La carretera bordea también el entorno de la Barragem de Morgavel, un embalse que aparece junto al recorrido aportando un agradable contraste entre el agua y las suaves colinas del Alentejo. Más adelante dejamos atrás la central termoeléctrica de Sines y otras infraestructuras energéticas que recuerdan la convivencia entre naturaleza e industria en esta parte del litoral portugués.
Los últimos kilómetros se vuelven algo más sinuosos antes de alcanzar Sonega. La población aparece entre casas bajas y calles tranquilas, invitando a reducir el ritmo después de un tramo especialmente cómodo. El recorrido finaliza en el centro de la localidad, donde continuamos de frente para enlazar con el siguiente tramo.

Este breve tramo sirve de transición al abandonar Sonega por una carretera local mucho más estrecha y tranquila. El asfalto se mantiene en buen estado, aunque la anchura obliga a adoptar un ritmo pausado y preciso. La sensación cambia por completo respecto a la IC4: ahora el viaje vuelve a tener un carácter mucho más rural, donde cada curva y cada pequeño cambio de dirección invitan a disfrutar del entorno sin prisas.
A ambos lados aparecen praderas, parcelas agrícolas y algunas viviendas dispersas protegidas por cercas y alineaciones de árboles. El rumor del tráfico desaparece casi por completo y vuelve a imponerse el sonido del motor acompañado por el canto de los pájaros y el aire fresco que llega cargado del aroma de la vegetación y la tierra del Alentejo.
En apenas un par de kilómetros alcanzamos el final del tramo situado en un cruce donde deberemos girar a la izquierda para incorporarnos a la N120.

Volvemos a la N120 para afrontar uno de esos tramos que recuerdan por qué el Alentejo es un territorio tan agradecido para viajar en moto. La carretera mantiene un firme excelente y una anchura suficiente para enlazar curvas con total confianza. El trazado abandona las largas rectas de los kilómetros anteriores y comienza a serpentear suavemente entre pequeñas lomas, haciendo la conducción mucho más entretenida sin perder nunca su carácter relajado.
La vegetación gana protagonismo desde los primeros kilómetros. Encinas centenarias, alcornoques y praderas salpicadas de ganado acompañan continuamente el recorrido. En algunos puntos los árboles llegan a formar un agradable túnel verde sobre la calzada, donde el aire se vuelve más fresco y el olor a tierra húmeda y hojas sustituye al del campo abierto. El sonido del motor rebota entre la arboleda mientras el resto del mundo parece quedar muy lejos.
Las curvas aparecen enlazadas con naturalidad, alternando pequeños cambios de rasante y zonas abiertas desde las que se contemplan suaves colinas cubiertas por el característico montado alentejano. La carretera invita a disfrutar del trazado con precisión, dejando que la moto marque el ritmo sin necesidad de acelerar. Cerca de Aldeia dos Chãos el paisaje vuelve a abrirse antes de internarse otra vez entre la vegetación.
Con algo más de la mitad de la etapa ya recorrida, este tramo supone uno de los momentos más agradables de la jornada por el equilibrio entre carretera y paisaje. El recorrido finaliza al llegar a Vista Alegre, donde alcanzamos un cruce en el que giraremos a la derecha para alcanzar el siguiente tramo.

La carretera abandona Vista Alegre enlazando una sucesión de curvas suaves que rompen la monotonía de las grandes rectas del Alentejo. El firme continúa siendo excelente y la anchura de la N261 permite mantener una conducción fluida, disfrutando de cada apoyo de la moto mientras el trazado serpentea entre pequeñas lomas y vaguadas. Es uno de esos tramos en los que el ritmo surge de forma natural, sin necesidad de buscar velocidad para disfrutar de la conducción.
El paisaje alterna amplias praderas con el característico montado alentejano, donde encinas y alcornoques aparecen dispersos sobre un manto verde salpicado de flores silvestres. En algunos puntos la carretera se acerca a la Ribeira de São Domingos, aportando un toque de frescor al ambiente. El aire llega impregnado del aroma de la hierba y de la tierra húmeda, mientras el sonido del motor queda amortiguado por la vegetación que rodea la calzada.
Las curvas enlazadas se suceden con naturalidad, combinándose con pequeños cambios de rasante y breves rectas que permiten contemplar el paisaje abierto del interior alentejano. La circulación suele ser escasa y eso contribuye a que el tramo resulte especialmente agradable para disfrutar de una conducción relajada, prestando más atención al entorno que al tráfico.
Poco antes del final aparecen las primeras edificaciones que anuncian la llegada a São Domingos. El tramo concluye en un cruce donde debemos girar a la izquierda para incorporarnos a la N390 y continuar la ruta hacia el siguiente tramo.

La N390 continúa regalándonos una conducción tranquila y muy agradable por el corazón del Alentejo. La carretera conserva un firme impecable y una anchura suficiente para enlazar curvas de radio amplio con total confianza. No es un tramo rápido, sino de esos que invitan a dejar que la moto fluya al ritmo del paisaje, disfrutando de cada cambio de dirección y de la absoluta tranquilidad que transmite el entorno.
Durante buena parte del recorrido avanzamos acompañando el curso de la Ribeira de Corona, que serpentea discretamente entre la vegetación. Muy cerca también queda la Barragem de Corona, cuya presencia aporta humedad y frescor a un paisaje dominado por encinas, alcornoques y extensas praderas. El aire huele a hierba y tierra mojada, mientras el rumor del viento entre las copas de los árboles acompaña constantemente el sonido del motor.
Las suaves ondulaciones del terreno hacen que la carretera alterne pequeñas subidas y bajadas con curvas muy naturales. En algunos momentos los pinos forman un agradable pasillo verde sobre el asfalto y, poco después, el paisaje vuelve a abrirse mostrando el característico mosaico agrícola del Alentejo. Es un tramo que transmite calma y permite disfrutar plenamente del viaje sin apenas tráfico.
Las primeras casas anuncian la llegada a Abela, una pequeña localidad de calles tranquilas donde la velocidad vuelve a reducirse.

La N121 abandona Abela con un trazado amplio y un firme impecable que permite recuperar un ritmo de viaje cómodo desde los primeros metros. Las curvas iniciales son suaves y pronto dan paso a largas rectas enlazadas con ligeras ondulaciones del terreno, una combinación muy agradable para disfrutar de una conducción relajada mientras el paisaje vuelve a desplegar toda la esencia del Alentejo.
El recorrido atraviesa un entorno de encinas, eucaliptos y pequeñas masas de pinar que se alternan con praderas y explotaciones ganaderas. En algunos puntos los árboles forman un corredor verde sobre la carretera, amortiguando el viento y llenando el ambiente del aroma de la resina, la hierba y la tierra húmeda. El tráfico suele ser escaso y el sonido del motor acompaña en solitario durante buena parte del trayecto.
A medida que avanzamos la carretera mantiene un trazado muy fluido, con curvas amplias que apenas obligan a corregir la trayectoria y largas rectas que permiten contemplar el paisaje con tranquilidad. Ya hemos recorrido cerca de las tres cuartas partes de la etapa, y este tramo invita a disfrutar sin prisas antes de afrontar los kilómetros finales de la jornada.
Los últimos kilómetros nos acercan al entorno de Santiago do Cacém, donde reaparecen las primeras edificaciones y algunas infraestructuras urbanas. Tras atravesar un paso inferior bajo la vía férrea, el tramo concluye en un cruce en forma de T donde debemos girar a la derecha para incorporarnos a la IC1 y continuar hacia el siguiente tramo.

Este corto tramo por la IC1 mantiene el excelente nivel de conducción de los kilómetros anteriores. La carretera presenta un firme impecable, dos carriles amplios y curvas de gran radio que permiten circular con total suavidad. Apenas hay complicaciones en el trazado y la moto avanza con naturalidad, acompañada por el rumor constante del motor y el viento que cruza las extensas llanuras del litoral alentejano.
El paisaje continúa dominado por praderas abiertas, encinas dispersas y pequeñas manchas de vegetación que alternan con terrenos agrícolas. La amplitud del horizonte transmite una agradable sensación de espacio, mientras el aroma de la hierba y de la tierra húmeda acompaña el recorrido. La circulación suele ser escasa, por lo que es fácil disfrutar del silencio del entorno entre un vehículo y otro.
A medida que nos acercamos al final de este breve enlace reaparecen algunos accesos secundarios y la carretera comienza a preparar la salida hacia vías de menor entidad. Nos encontramos ya en la parte final de la etapa, donde el recorrido vuelve a abandonar las carreteras principales para buscar itinerarios más tranquilos y cercanos al paisaje.
En el kilómetro 217 de etapa llegamos un cruce donde debemos girar a la izquierda para incorporarnos a la M526-1.

La M526-1 nos devuelve a una de esas carreteras secundarias que parecen hechas para disfrutar del viaje sin prisas. El asfalto está en buen estado, aunque la calzada es bastante más estrecha que la IC1 que acabamos de abandonar. El trazado es muy sencillo, formado por largas rectas y suaves cambios de dirección que permiten rodar con absoluta tranquilidad mientras la moto avanza con un ritmo constante.
El paisaje vuelve a abrirse por completo. A ambos lados se extienden grandes praderas y campos de cultivo donde apenas sobresalen algunas encinas aisladas y pequeñas explotaciones ganaderas. El horizonte parece no tener fin, el viento sopla libremente sobre la llanura y el aroma de la hierba fresca y la tierra húmeda acompaña cada kilómetro. El silencio solo se rompe por el sonido del motor y el ocasional canto de las aves que sobrevuelan este inmenso espacio abierto.
Nos encontramos ya muy cerca del final de la etapa, y estos kilómetros ofrecen una agradable sensación de calma antes de afrontar los últimos tramos de la jornada. La escasa circulación y la ausencia de grandes poblaciones hacen que sea fácil desconectar y disfrutar únicamente de la carretera y del paisaje alentejano.
El tramo concluye en un cruce en forma de T donde debemos girar a la derecha para incorporarnos a la M526 y continuar la ruta.

Este tramo apenas supera un kilómetro, pero sirve para enlazar dos carreteras secundarias atravesando el inmenso paisaje abierto del Alentejo. La M526 mantiene un firme en buen estado y una calzada estrecha, suficiente para rodar con tranquilidad mientras la vista se pierde entre praderas y campos de cultivo que se extienden hasta el horizonte.
La conducción resulta completamente relajada. El trazado es prácticamente recto y apenas exige correcciones sobre el manillar. El viento sopla libremente sobre la llanura, el aroma de la hierba acompaña el recorrido y el sonido del motor vuelve a ser el único protagonista en una carretera donde el tráfico suele ser testimonial.
Aunque breve, este enlace mantiene intacta la esencia de los últimos kilómetros de la etapa: carreteras tranquilas, grandes espacios abiertos y esa agradable sensación de viajar sin prisas por el interior del Alentejo.
El tramo finaliza en un cruce en forma de T donde debemos girar a la izquierda para incorporarnos a la N261 y continuar la ruta hacia el siguiente tramo.

La N261 continúa guiándonos hacia el sureste por una de esas carreteras alentejanas que invitan a disfrutar del viaje sin prisas. La calzada es ancha, el firme está en muy buen estado y el trazado alterna largas rectas con suaves curvas que permiten mantener un ritmo constante y muy agradable sobre la moto.
El paisaje vuelve a estar dominado por las inmensas dehesas del Bajo Alentejo. A ambos lados aparecen encinas centenarias, olivares y extensas fincas agrícolas que se suceden una tras otra. El aire trae el aroma de la tierra húmeda y de la vegetación, mientras el silencio del campo solo se rompe por el sonido del motor y el canto ocasional de las aves.
Durante el recorrido cruzaremos bajo la autopista A2 y seguiremos atravesando un entorno rural cada vez más humanizado. Poco antes de llegar a Aljustrel aparecen grandes instalaciones agrícolas e industriales que anuncian la proximidad de una localidad con una larga tradición minera.
Aljustrel es conocida por sus históricas minas de pirita, explotadas desde época romana, que marcaron durante siglos el desarrollo económico de toda la comarca. A la entrada de la población llama especialmente la atención un gran castillete minero de color rojizo, convertido en uno de los símbolos de la villa y perfecto anticipo de su pasado industrial.
El tramo finaliza al llegar a Aljustrel, donde giraremos dos veces a la izquierda para coger la N383 en sentido norte.

Dejamos atrás Aljustrel por la N383, una carretera secundaria que pronto recupera la tranquilidad del Alentejo más rural. Tras atravesar las últimas calles de la localidad, el tráfico desaparece casi por completo y volvemos a disfrutar de un firme en buen estado, curvas suaves y largas rectas que permiten rodar con total comodidad.
Los primeros kilómetros aún conservan algo de actividad local. Incluso es posible cruzarse con escenas que parecen detenidas en el tiempo, como un pequeño carro tirado por un caballo compartiendo la carretera con los vehículos, una imagen muy representativa de la vida cotidiana en esta comarca portuguesa.
Poco a poco el paisaje se abre en todas direcciones. Las suaves ondulaciones del terreno dejan paso a grandes campos de cultivo, dehesas salpicadas de encinas y pequeños olivares que se extienden hasta donde alcanza la vista. El olor a hierba fresca y a tierra húmeda acompaña el recorrido mientras el viento recorre las amplias llanuras alentejanas.
La conducción resulta especialmente agradable gracias a las amplias curvas enlazadas y a la excelente visibilidad. Es uno de esos tramos en los que el horizonte parece no terminar nunca y en los que el ritmo de la moto se sincroniza con la serenidad del paisaje.
El tramo concluye al llegar a Montes Velhos, una pequeña localidad agrícola que marca el inicio de la siguiente sección de la ruta.

Abandonamos Montes Velhos para continuar por la M527, una carretera local estrecha pero con buen firme que atraviesa el corazón agrícola del Bajo Alentejo. El tráfico vuelve a ser prácticamente inexistente, lo que permite disfrutar del recorrido con total tranquilidad mientras la carretera serpentea suavemente entre los campos.
El paisaje está dominado por grandes extensiones de cultivos, praderas cubiertas de flores silvestres y dehesas donde las encinas aparecen dispersas como si cada una hubiera elegido cuidadosamente su lugar. Los aromas de la vegetación y de la tierra húmeda acompañan el viaje, mientras el único sonido constante es el del motor rompiendo el silencio del campo.
La carretera alterna pequeños cambios de dirección con suaves subidas y bajadas que hacen la conducción entretenida sin perder nunca su carácter relajado. Desde algunos puntos elevados se obtienen amplias panorámicas del paisaje alentejano, con un horizonte casi infinito salpicado de olivares, cortijos y pequeñas explotaciones agrícolas.
En los últimos kilómetros el recorrido se estrecha ligeramente al aproximarse a Ervidel. Las casas blancas comienzan a aparecer entre los árboles y la carretera se convierte en una calle tranquila que nos introduce en esta pequeña localidad de tradición agrícola, donde el ritmo pausado sigue marcando la vida cotidiana.
A escasos 30 km de nuestro destino del día, llegamos a Ervidel, lugar donde finaliza este tramo.

Este breve tramo comienza dejando atrás Ervidel por la N18, una carretera amplia y de buen firme que atraviesa el tranquilo paisaje agrícola del Bajo Alentejo. Aunque apenas son cinco kilómetros, sirven como transición hacia el siguiente sector de la ruta.
La conducción es muy cómoda gracias a su trazado prácticamente rectilíneo y a la escasa circulación. A ambos lados vuelven a aparecer los extensos campos de cultivo y las dehesas de encinas, acompañadas en algunos puntos por pequeños olivares perfectamente alineados que reflejan la importancia de la agricultura en esta comarca.
El horizonte permanece completamente abierto, permitiendo disfrutar de la inmensidad del paisaje mientras el aire trae el aroma de la hierba y de la tierra labrada. Es uno de esos tramos en los que el sonido del motor vuelve a ser el único compañero de viaje.

La M529 nos conduce hacia el noreste por una de las carreteras secundarias más agradables de esta etapa. El firme está en muy buen estado y la calzada, aunque estrecha, permite disfrutar de una conducción fluida entre suaves curvas y pequeños cambios de rasante que rompen la monotonía de la llanura alentejana.
El paisaje vuelve a ofrecer la esencia del Bajo Alentejo: extensas dehesas salpicadas de encinas, campos de cereal y praderas cubiertas de flores silvestres durante la primavera. A ambos lados de la carretera aparecen pequeños olivares y explotaciones agrícolas, mientras el horizonte permanece completamente abierto, transmitiendo esa agradable sensación de inmensidad tan característica de esta región.
El tráfico es prácticamente inexistente, por lo que resulta fácil concentrarse en la conducción y disfrutar del entorno. El aire trae el aroma de la vegetación y de la tierra de labor, acompañado únicamente por el sonido constante del motor y el canto de las aves que sobrevuelan las fincas.
En los últimos kilómetros la carretera se aproxima a Beringel. Las primeras viviendas anuncian la llegada a esta tranquila localidad alentejana, cuyas casas encaladas y calles sosegadas mantienen intacto el carácter tradicional del interior de Portugal.

La última sección de esta etapa nos lleva desde Beringel hasta Beja por una carretera amplia, de buen firme y trazado muy cómodo que permite disfrutar de una conducción relajada mientras nos acercamos al final del recorrido. El tráfico sigue siendo escaso durante buena parte del trayecto, lo que invita a saborear estos últimos kilómetros por el corazón del Alentejo.
El paisaje mantiene la identidad que nos ha acompañado durante toda la jornada: extensas llanuras agrícolas, olivares perfectamente alineados y grandes dehesas donde las encinas aparecen dispersas sobre un terreno suavemente ondulado. El aroma de la vegetación y de la tierra cultivada se mezcla con la agradable sensación de rodar sin prisas por una carretera que parece perderse en el horizonte.
A medida que nos aproximamos a Beja comienzan a aparecer las primeras instalaciones agrícolas e industriales, seguidas por un aumento progresivo del tráfico que anuncia la llegada a una de las ciudades más importantes del Bajo Alentejo. La carretera se ensancha y la circulación urbana sustituye poco a poco a la tranquilidad del campo.
Con la entrada en Beja concluye esta penúltima etapa de A Rota 18. Tras dejar atrás cientos de kilómetros de carreteras solitarias, dehesas, olivares y pequeños pueblos llenos de autenticidad, llega el momento de descansar y disfrutar de una ciudad con un importante patrimonio histórico antes de afrontar la última jornada de esta gran aventura por Portugal.
