
Comenzamos la última etapa de A Rota 18 abandonando Beja por la IP2 en dirección sur. Los primeros kilómetros discurren por una carretera amplia, con excelente firme y carriles generosos que permiten dejar atrás la ciudad con comodidad mientras el tráfico urbano va desapareciendo poco a poco.
Pronto regresamos a los paisajes abiertos del Bajo Alentejo. A ambos lados de la carretera vuelven a extenderse las grandes explotaciones agrícolas, dehesas y campos de cultivo que caracterizan esta región. El aire transporta el aroma de la tierra y de la vegetación, mientras el sonido del motor vuelve a imponerse sobre cualquier otro ruido.
La conducción resulta muy fluida gracias a las largas rectas y a las suaves curvas que acompañan este primer tramo. Es un recorrido perfecto para comenzar la jornada con calma, disfrutando de la amplitud del paisaje y de la sensación de libertad que ofrecen las interminables llanuras alentejanas.
Con apenas unos kilómetros recorridos abandonaremos la IP2 para buscar carreteras más tranquilas y entretenidas. El tramo finaliza en un carril de desaceleración, donde deberemos desviarnos suavemente hacia la derecha para incorporarnos a la M521 y continuar la ruta por el siguiente tramo.

Nada más abandonar la IP2, la ruta cambia por completo de personalidad. La amplia carretera principal da paso a la M521, una vía secundaria mucho más estrecha y tranquila que se adentra en el corazón del Alentejo. El tráfico prácticamente desaparece y comienza una conducción mucho más relajada, donde cada curva y cada pequeño cambio de rasante invitan a disfrutar del paisaje.
La carretera serpentea suavemente entre extensos olivares, campos de cultivo y dehesas salpicadas por encinas. En primavera, los márgenes se llenan de flores silvestres que aportan color al recorrido, mientras el aroma de la vegetación y el canto de los pájaros sustituyen al bullicio de la ciudad que hemos dejado atrás hace apenas unos minutos.
El recorrido atraviesa la pequeña localidad de Selmes, un tranquilo pueblo de casas blancas donde el ritmo de vida parece discurrir sin prisas. Al abandonar sus calles, la carretera vuelve a internarse entre suaves colinas y amplios horizontes, ofreciendo bonitas panorámicas sobre el mosaico agrícola que caracteriza esta comarca del Baixo Alentejo.
La conducción resulta especialmente agradable gracias al buen estado del firme y a las curvas amplias que enlazan unas con otras sin dificultad. Es uno de esos tramos que invitan a bajar el ritmo, abrir la visera y dejarse acompañar por el aire templado del campo y el inconfundible sonido del motor.
El tramo finaliza en un cruce en forma de T, donde deberemos girar a la derecha para incorporarnos a la N258 y continuar la ruta.

La N258 nos conduce hacia el este por una carretera amplia, de buen firme y con curvas suaves que permiten disfrutar de una conducción muy fluida. A ambos lados se extiende el paisaje característico del Baixo Alentejo, con grandes explotaciones agrícolas, olivares y dehesas salpicadas por encinas que dibujan un horizonte abierto y luminoso.
Tras dejar atrás Pedrógão y cruzar las proximidades del río Guadiana, la carretera avanza entre suaves lomas donde el aroma de la vegetación y el canto de las aves acompañan el constante rumor del motor. En algunos puntos, largas alineaciones de pinos ofrecen agradables zonas de sombra antes de volver a abrirse el paisaje sobre los campos de cultivo.
A medida que nos acercamos a Moura comienzan a aparecer los primeros viñedos y explotaciones agrícolas que anuncian la llegada a una de las localidades más importantes del interior alentejano. Poco a poco aumenta la presencia de viviendas y tráfico, mientras la silueta de la ciudad empieza a destacar sobre el horizonte.
Moura merece una breve parada para recorrer su casco histórico, presidido por el imponente castillo medieval y la torre del homenaje, desde donde se obtienen magníficas vistas de la comarca. Sus calles encaladas, plazas tranquilas y terrazas invitan a descansar unos minutos antes de continuar la aventura.

Dejamos atrás Moura para adentrarnos de nuevo en la tranquilidad del Baixo Alentejo por la N386, una carretera secundaria de buen firme que pronto abandona el entorno urbano para abrirse paso entre un paisaje de dehesas, campos de cultivo y suaves ondulaciones del terreno. El tráfico desaparece casi por completo, permitiendo disfrutar de una conducción relajada y muy agradable.
El recorrido alterna largas rectas con curvas amplias y enlazadas que rompen la monotonía sin exigir demasiado al piloto. A ambos lados aparecen encinas centenarias, olivares y pequeñas explotaciones agrícolas, mientras el aire trae el aroma de la hierba y de la tierra cultivada. El silencio del campo solo se ve interrumpido por el sonido constante del motor y el canto de las aves.
Durante buena parte del tramo se disfrutan de amplias panorámicas sobre las llanuras del Alentejo, salpicadas por pequeños cerros y cortijos aislados. El asfalto invita a mantener un ritmo tranquilo para contemplar un paisaje que transmite una enorme sensación de espacio y libertad.
En la parte final la carretera serpentea ligeramente mientras desciende hacia Brinches, donde reaparecen las primeras viviendas y algunos cultivos junto al núcleo urbano. La llegada resulta pausada y agradable, manteniendo el carácter rural que ha acompañado todo el recorrido.

La salida de Brinches marca el comienzo de uno de los grandes tramos de esta última etapa. La N265 nos conduce hacia el sureste por una carretera de buen firme, con un trazado variado que alterna largas rectas con suaves curvas y constantes cambios de paisaje. Desde los primeros kilómetros se percibe que nos adentramos en una de las zonas más auténticas del Baixo Alentejo.
El recorrido atraviesa un territorio dominado por extensos campos de cultivo, dehesas de encinas y olivares que se suceden durante decenas de kilómetros. El aire huele a campo abierto y a vegetación mediterránea, mientras el tráfico es prácticamente inexistente, permitiendo disfrutar del sonido del motor y de la tranquilidad que caracteriza esta comarca.
Poco después aparece Serpa, una de las poblaciones más monumentales del sur de Portugal. Su castillo, las murallas medievales y el característico caserío blanco bien merecen una parada para pasear por sus calles y descubrir, además, el famoso queso de Serpa, uno de los productos gastronómicos más conocidos del Alentejo.
La ruta continúa bordeando el Parque Natural do Vale do Guadiana. El paisaje se vuelve más ondulado y comienzan a aparecer pequeños embalses, arroyos y zonas boscosas que aportan variedad al recorrido. La carretera gana interés con curvas más frecuentes y ligeros desniveles, siempre manteniendo un excelente firme que invita a una conducción relajada y disfrutona.
En los últimos kilómetros el terreno se vuelve más quebrado y las vistas se abren sobre el valle del Guadiana. Poco a poco comienzan a aparecer las primeras panorámicas de Mértola, una de las localidades más espectaculares de Portugal, situada sobre un promontorio dominando el río. La silueta de su castillo y de las casas blancas anuncian la llegada a uno de los grandes tesoros históricos de A Rota 18.
El tramo finaliza en Mértola, una villa histórica que merece recorrerse con calma antes de afrontar los últimos kilómetros de esta inolvidable aventura por Portugal.

Este breve tramo permite descubrir uno de los lugares más espectaculares de toda A Rota 18. Dejamos atrás las calles de Mértola siguiendo la N122 mientras descendemos hacia el río Guadiana. El entorno urbano da paso rápidamente a un paisaje de laderas cubiertas de vegetación mediterránea, donde cada curva ofrece una nueva perspectiva de esta histórica localidad.
Antes de abandonar la ciudad merece la pena detenerse unos minutos para contemplar el castillo de Mértola, la antigua alcazaba islámica y el conjunto de casas blancas que se descuelgan por la ladera hasta el río. Pocas poblaciones portuguesas conservan un patrimonio histórico tan bien integrado en el paisaje.
La carretera cruza el Guadiana por el elegante puente de arcos que salva el profundo valle del río. Desde él se obtienen magníficas vistas del cauce, de las murallas de Mértola y de las colinas que rodean la villa, convirtiéndose en uno de los grandes miradores de toda la ruta.
Tras cruzar el puente, la N122 continúa durante unos cientos de metros bordeando el Parque Natural do Vale do Guadiana, entre encinas, matorral mediterráneo y el rumor del agua que queda a nuestra espalda. Es un tramo corto, pero cargado de belleza y de excelentes oportunidades para hacer fotografías.
El tramo finaliza en una bifurcación, donde deberemos tomar el ramal de la derecha para incorporarnos a la N267 y continuar la ruta.

A punto de salir del Parque Natural do Vale do Guadiana, el trazado resulta mucho más íntimo que en los kilómetros anteriores, enlazando suaves curvas y pequeños cambios de rasante que hacen la conducción especialmente entretenida.
El paisaje está dominado por las dehesas alentejanas, donde encinas centenarias se alternan con praderas y pequeñas parcelas agrícolas. El tráfico es prácticamente inexistente y el silencio del entorno solo queda roto por el sonido del motor y el canto de las aves que habitan este espacio natural.
Durante el recorrido aparecen algunos cruces que conducen a pequeñas aldeas como São Sebastião dos Carros o Brites Gomes, aunque nuestra ruta continúa siempre por la N267. La carretera invita a mantener un ritmo tranquilo para disfrutar del aroma de la vegetación, del aire limpio y de las amplias vistas sobre las suaves colinas del interior del Alentejo.
En los últimos metros el trazado desciende ligeramente hasta alcanzar una intersección donde abandonamos la carretera principal para seguir explorando las carreteras secundarias de esta comarca.

Este tramo nos adentra por la M506-1, una de esas carreteras secundarias que resumen a la perfección la esencia del interior del Alentejo. El asfalto, estrecho pero en buen estado, serpentea entre suaves colinas enlazando curvas de todos los radios y pequeños cambios de rasante que hacen la conducción muy entretenida sin perder nunca la sensación de tranquilidad.
El paisaje alterna amplias dehesas, campos de cereal y olivares con pequeñas vaguadas recorridas por arroyos estacionales. Las encinas aparecen dispersas por las laderas, proporcionando sombra y ese inconfundible aroma a campo mediterráneo que acompaña buena parte del recorrido. El tráfico sigue siendo prácticamente inexistente, permitiendo disfrutar del sonido del motor y de la calma que transmite este rincón del Parque Natural do Vale do Guadiana.
A lo largo del camino pasamos junto a pequeñas aldeas como São Sebastião dos Carros, Góis o São Miguel do Pinheiro, donde unas pocas casas blancas rompen la inmensidad del paisaje agrícola. Son lugares donde parece que el tiempo transcurre a otro ritmo y donde resulta fácil imaginar la vida tradicional del Alentejo.
La carretera mantiene un trazado muy variado, con continuos giros suaves que obligan a mover la moto de un lado a otro de forma natural. Desde algunos altos se obtienen bonitas panorámicas de las ondulaciones del terreno, salpicadas de cultivos y árboles aislados que aportan profundidad al paisaje.
El tramo finaliza en un cruce en forma de T donde deberemos girar a la derecha para incorporarnos a la M506 y continuar la ruta.

Este es un tramo muy breve de enlace que discurre íntegramente por la M506. La carretera mantiene un firme en buen estado y un trazado prácticamente rectilíneo, atravesando el paisaje abierto y agrícola característico del interior del Alentejo.
Durante este corto recorrido predominan las grandes parcelas de cultivo y la sensación de amplitud que ofrecen las suaves llanuras de la comarca. El tráfico suele ser muy escaso, por lo que apenas unos segundos bastan para enlazar con la siguiente carretera.
El tramo finaliza en un cruce, donde deberemos girar a la izquierda para continuar la ruta.

Este tramo abandona las grandes llanuras para adentrarse en un paisaje mucho más ondulado y atractivo. La carretera, estrecha pero con buen firme, serpentea entre suaves colinas siguiendo el relieve del terreno, ofreciendo una conducción entretenida en la que se alternan pequeñas rectas, curvas enlazadas y ligeros cambios de rasante.
Durante los primeros kilómetros las vistas se abren sobre un mosaico de dehesas, pastizales y laderas cubiertas de matorral mediterráneo. A ambos lados aparecen encinas dispersas y pequeños bancales que aportan variedad al paisaje, mientras el aire limpio y el silencio del entorno invitan a disfrutar de una conducción relajada.
La carretera cruza la Ribeira de Vascão, un pequeño curso de agua que marca uno de los rincones más agradables del recorrido, antes de continuar ascendiendo suavemente entre colinas cubiertas de vegetación. El trazado mantiene un ritmo muy entretenido, ideal para enlazar curvas sin prisas mientras se contemplan las panorámicas del valle.
En la parte final el paisaje vuelve a abrirse y aparecen las primeras casas de Martim Longo, una tranquila localidad del Algarve interior. Sus calles encaladas y su ambiente sosegado contrastan con la soledad del campo recorrido durante los kilómetros anteriores.
Ancanzado Martim Longo, giraremos a la derecha en dirección a Faro y Cachopo.

Este breve tramo comienza dejando atrás las últimas calles de Martim Longo para incorporarse a la N124. La carretera mantiene un buen firme y un trazado sencillo, con una ligera sucesión de curvas amplias que permiten abandonar el núcleo urbano con comodidad antes de volver a adentrarse en el paisaje rural del Algarve interior.
El entorno está dominado por pequeñas lomas cubiertas de vegetación mediterránea, con eucaliptos, encinas y matorral acompañando la carretera. A medida que se gana algo de distancia del pueblo, el sonido de la naturaleza vuelve a imponerse sobre el tráfico, creando una agradable sensación de tranquilidad.
Aunque apenas son dos kilómetros, este tramo sirve de transición entre la población y las carreteras secundarias que volverán a llevarte por algunas de las zonas más solitarias y auténticas del sur de Portugal.
El tramo finaliza en un cruce , donde deberás girar a la derecha para incorporarte a la N124-2.

Habiendo dejado atrás hace un momento Martim Longo, circulamos ahora por la N124-2 para adentrarnos de nuevo en el interior montañoso del Algarve. La carretera, estrecha pero con buen firme, serpentea entre suaves colinas enlazando curvas amplias y cambios de rasante que invitan a disfrutar de una conducción relajada y muy entretenida.
El paisaje está dominado por pequeñas sierras cubiertas de matorral mediterráneo, encinas y alcornoques, alternadas con zonas de cultivo y bancales que aprovechan cada rincón del terreno. El aire trae el aroma de la vegetación silvestre y el silencio solo se rompe por el sonido del motor y el canto de las aves.
Durante el recorrido atraviesas pequeños núcleos rurales como Pereiro, Messegueiro y Tremelejo, donde el ritmo de vida parece haberse detenido. Son aldeas sencillas y auténticas que conservan el carácter tradicional del Algarve más desconocido, muy lejos de la costa y del turismo masificado.
Las continuas curvas permiten disfrutar del paisaje desde diferentes perspectivas, descubriendo valles, laderas cubiertas de vegetación y el sinuoso curso de la Ribeira da Foupana, que acompaña buena parte del recorrido.
El tramo finaliza en un enlace en el que deberás incorporarte a la derecha y continuar por la M504.

La M504 continúa adentrándose en el corazón del Algarve interior por una de esas carreteras que parecen hechas para disfrutar de la moto. El firme se mantiene en buen estado y el trazado alterna rectas cortas con una sucesión constante de curvas amplias y enlazadas que obligan a mantener un ritmo fluido y agradable.
El paisaje se vuelve cada vez más montañoso. Las laderas aparecen cubiertas de alcornoques, encinas y matorral mediterráneo, mientras pequeños valles se abren a ambos lados de la carretera ofreciendo amplias panorámicas sobre un territorio prácticamente despoblado. El aroma de la tierra y de la vegetación silvestre acompaña el recorrido, roto únicamente por el sonido del motor y el viento.
En varios puntos la carretera serpentea siguiendo el relieve natural del terreno, regalando una divertida combinación de curvas de diferente radio y pequeños cambios de rasante que convierten este tramo en uno de los más entretenidos de la etapa.
Poco antes de finalizar aparecen las primeras viviendas de Ameixial, una tranquila aldea serrana donde el tiempo parece transcurrir con otra velocidad. Sus calles blancas anuncian la llegada a este pequeño pueblo, rodeado de colinas y naturaleza.

Nada más abandonar Ameixial comienza uno de los tramos más divertidos de toda la etapa. La N2 se adentra entre las sierras del Algarve con un firme en muy buen estado y un trazado repleto de curvas enlazadas, cambios de rasante y continuas variaciones de ritmo que harán las delicias de cualquier motorista.
La carretera se abre paso entre un paisaje dominado por alcornoques, encinas, eucaliptos y laderas cubiertas de vegetación mediterránea. En algunos puntos desciende hasta pequeños valles para volver a ganar altura, ofreciendo bonitas panorámicas sobre las ondulaciones de la sierra y el cauce de la Ribeira do Vascão.
Además de la vista, merece la pena prestar atención al intenso aroma de la tierra húmeda, la jara y los eucaliptos, mientras el silencio del entorno solo se rompe por el sonido del motor y el canto de las aves. Es uno de esos lugares en los que la sensación de aislamiento forma parte del encanto del recorrido.
Las curvas se suceden durante buena parte del tramo, siempre con buena visibilidad y un trazado muy natural que invita a enlazarlas con suavidad. Poco a poco el paisaje se abre y aparecen los primeros campos de cultivo que anuncian la proximidad de Dogueno.

Al abandonar Dogueno dejamos atrás la N2 para incorporarnos a la M506, una carretera mucho más estrecha y tranquila que se adentra de lleno en el Algarve más rural. Desde los primeros metros desaparece prácticamente el tráfico y la sensación de aislamiento aumenta, permitiendo disfrutar de la conducción en un entorno completamente natural.
El trazado es muy variado. Se suceden curvas de todos los radios, pequeños cambios de rasante y tramos que serpentean entre suaves colinas cubiertas de alcornoques, encinas y vegetación mediterránea. El buen estado del firme permite mantener un ritmo ágil, aunque conviene prestar atención a las curvas más cerradas que aparecen de forma inesperada.
Durante el recorrido atraviesas pequeños núcleos como Monte da Cumeada-Santa Cruz y Corte Figueira, donde unas pocas casas blancas rompen la inmensidad del paisaje. Los prados, los muros de piedra y los árboles dispersos transmiten la auténtica esencia del interior algarvío, muy alejada del ambiente costero.
Además de las vistas, merece la pena disfrutar del olor de la vegetación silvestre y de la tierra calentada por el sol, mientras el único sonido constante es el del motor acompañado por el canto de los pájaros. Son kilómetros que invitan a bajar el ritmo y saborear cada curva.
El tramo termina en un cruce en T, donde deberás girar a la izquierda para incorporarte a la M1239 y continuar la ruta.

Tras incorporarte a la M1239 continúa la inmersión en el Algarve más desconocido. La carretera, estrecha y perfectamente asfaltada, serpentea entre suaves montañas con un trazado muy fluido, alternando largas curvas de amplio radio con ligeros cambios de rasante que hacen especialmente agradable la conducción.
El paisaje vuelve a estar dominado por colinas cubiertas de matorral mediterráneo, alcornoques y pequeños pinares que se alternan con praderas salpicadas de flores silvestres. La ausencia casi total de tráfico permite disfrutar plenamente del entorno, donde el aire limpio transporta el aroma de la vegetación y el único sonido constante es el del motor acompañado por el canto de las aves.
A lo lejos aparecen amplias panorámicas sobre las sierras del interior del Algarve, mientras la carretera dibuja elegantes curvas siguiendo el relieve natural del terreno. Es un tramo corto, pero muy agradable, en el que merece la pena levantar la vista de vez en cuando para contemplar el paisaje que se abre frente a ti.
La pequeña aldea de Carvais de Baixo queda a un lado del recorrido, manteniendo intacto el carácter tranquilo y rural de esta zona del sur de Portugal.
Sin darnos cuenta, nos acabamos de incorporara a la M503.

La M503 continúa regalando uno de los recorridos más espectaculares de todo el Algarve interior. Desde los primeros kilómetros la carretera se retuerce siguiendo el relieve de la sierra, enlazando curvas de todos los radios, subidas, bajadas y continuos cambios de rasante que convierten este tramo en un auténtico disfrute para cualquier motorista.
Las montañas se suceden unas tras otras formando un paisaje de gran belleza. Desde varios miradores naturales se contemplan interminables valles cubiertos de alcornoques, eucaliptos y matorral mediterráneo, con tonalidades verdes que cambian a cada curva. El aire huele a monte y vegetación silvestre, mientras el silencio solo se rompe por el sonido del motor y alguna rapaz sobrevolando las laderas.
La carretera mantiene un excelente firme y una anchura suficiente para disfrutar de la conducción con seguridad, aunque las numerosas curvas aconsejan mantener un ritmo tranquilo para saborear cada rincón del recorrido. Es uno de esos tramos en los que cuesta decidir si mirar al siguiente viraje o detenerse a contemplar el paisaje.
Durante el descenso pasas junto a la pequeña aldea de Malhão antes de seguir avanzando entre montañas cada vez más abiertas, con panorámicas que alcanzan varios kilómetros de distancia y transmiten la sensación de estar recorriendo un territorio completamente salvaje.
Recorrida ya la mitad de la ruta llegamos a Cortinhola, donde cambiamos de tramo.

Este tramo continúa por la M542, una carretera estrecha y muy poco transitada que sigue adentrándose en las montañas del Algarve. Desde los primeros metros el recorrido mantiene un carácter muy entretenido, con curvas suaves, continuos cambios de dirección y un firme en buen estado que invita a disfrutar de la conducción sin prisas.
El paisaje alterna pequeños bosques de alcornoques y eucaliptos con laderas cubiertas de vegetación mediterránea. En varios puntos la carretera se asoma a pequeños valles antes de volver a internarse entre las colinas, ofreciendo una agradable sensación de estar recorriendo una comarca prácticamente desconocida.
A lo largo del recorrido atraviesas pequeños núcleos rurales como Monte Ruivo y Alria, donde unas pocas casas blancas y los huertos familiares recuerdan que la vida aquí sigue un ritmo muy distinto al de la costa. El olor de la vegetación, la tranquilidad del entorno y el sonido del motor convierten estos kilómetros en una experiencia especialmente relajante.
Las curvas nunca desaparecen del todo, aunque son amplias y permiten enlazar unas con otras con gran fluidez. Poco a poco aparecen más viviendas dispersas que anuncian la llegada a las inmediaciones de Cortinhola, donde el paisaje vuelve a humanizarse.
Una vez más, continuamos hacia adelante cambiado de carretera, esta vez a una vía sin nombre.

Este tramo continúa por una carretera secundaria que sigue el relieve de la sierra antes de enlazar con la N124. Durante los primeros kilómetros el recorrido mantiene un trazado muy entretenido, alternando curvas amplias, pequeños cambios de rasante y un firme en buen estado que invita a disfrutar de la conducción sin apenas tráfico.
La carretera atraviesa un paisaje de colinas cubiertas de alcornoques, encinas y vegetación mediterránea, descendiendo poco a poco hacia un valle recorrido por la Ribeira do Gafo. En algunos puntos se abren bonitas panorámicas sobre las montañas del Algarve, mientras el aroma del monte y el aire fresco acompañan cada curva.
Tras pasar por las proximidades de Marmeleiros el trazado comienza a suavizarse y aparecen las primeras rectas, anunciando la transición hacia una zona más abierta y habitada. Los pequeños campos de cultivo y las viviendas dispersas sustituyen poco a poco al paisaje serrano.
En los últimos kilómetros la carretera gana anchura y se vuelve más rápida, permitiendo rodar con tranquilidad mientras te aproximas a las inmediaciones de Aldeia Ruiva, donde volverás a encontrar la N124.
El tramo finaliza en un cruce en T, donde deberás girar a la derecha para incorporarte a la N124 y continuar la ruta.

La N124 continúa ofreciendo una conducción muy agradable mientras serpentea por el interior del Algarve. Es una carretera ancha, con buen firme y curvas de radio medio que se suceden con naturalidad, permitiendo mantener un ritmo fluido y disfrutón sin necesidad de grandes esfuerzos al manillar.
El paisaje sigue dominado por las suaves sierras cubiertas de encinas, alcornoques y vegetación mediterránea. A medida que avanzas aparecen pequeños barrancos, arroyos y zonas boscosas que aportan frescor al recorrido. Si el viento viene de la sierra, notarás el característico aroma de la jara y del monte bajo, acompañado únicamente por el sonido del motor y el canto de los pájaros.
Durante el recorrido pasas cerca de la Barragem do Arade, uno de los principales embalses del Algarve, cuyas aguas abastecen a buena parte de la región. Aunque la carretera no se acerca directamente a la presa, en algunos puntos se intuye la lámina de agua entre las colinas.
La ruta atraviesa pequeñas aldeas como Canhestros o Pinheiro e sigue alternando curvas y breves rectas entre un paisaje cada vez más verde. El tráfico suele ser escaso, lo que permite disfrutar plenamente de este tramo antes de aproximarte a las inmediaciones de Enxerim.
El tramo finaliza al llegar a Enxerim, una pequeña localidad situada a las puertas de Silves, desde donde la ruta continuará acercándose a uno de los conjuntos históricos más importantes del Algarve.

Este tramo abandona Enxerim por la M502 para adentrarse de nuevo en el corazón montañoso del Algarve. La carretera conserva un excelente firme y una anchura suficiente para disfrutar de la conducción, enlazando curvas de todos los radios con constantes cambios de rasante que mantienen el recorrido siempre entretenido.
Muy pronto desaparecen las últimas viviendas y el paisaje queda dominado por un extenso mosaico de colinas cubiertas de alcornoques, eucaliptos y pinos. Las vistas se abren sobre profundos valles donde el silencio solo se rompe por el sonido del motor y el canto de las aves, mientras el aroma de la vegetación mediterránea acompaña buena parte del recorrido.
La ruta bordea la Mata Nacional da Herdade da Parra, uno de los grandes espacios forestales de esta zona del Algarve, y ofrece varios miradores naturales desde los que contemplar un mar de montañas cubiertas de vegetación. A lo lejos también aparecen las aguas de la Barragem de Odelouca, uno de los mayores embalses de la región.
Las curvas se suceden con continuidad, alternando pequeños descensos y ascensos que hacen de este uno de los tramos más entretenidos para el motorista. El tráfico suele ser muy escaso, por lo que es fácil disfrutar del ritmo de la carretera sin prisas, siempre prestando atención a la fauna que ocasionalmente puede cruzar la calzada.
En los últimos kilómetros el paisaje comienza a abrirse ligeramente y reaparecen algunas viviendas dispersas antes de alcanzar la N267. El tramo concluye en un cruce en T donde deberás girar a la izquierda para incorporarte a esta carretera y continuar la ruta.

La N267 afronta uno de los tramos más espectaculares de toda la etapa. Durante más de cincuenta kilómetros la carretera se adentra en la Serra de Monchique, enlazando curvas, cambios de rasante y continuos giros que convierten este recorrido en un auténtico disfrute para cualquier motorista. El firme es excelente y el trazado invita a conducir con precisión, siempre acompañado por un paisaje que no deja de sorprender.
La ruta atraviesa un entorno completamente montañoso donde predominan los bosques de eucaliptos, alcornoques y pinos. Los aromas del monte se intensifican, especialmente después de la lluvia o durante las primeras horas del día, mientras el aire se vuelve más fresco y húmedo conforme se gana altitud. El sonido del viento entre los árboles y el canto de las aves sustituyen casi por completo al tráfico, que suele ser muy reducido.
Uno de los grandes protagonistas del recorrido es Monchique, considerada la capital de la sierra algarvía. Sus calles blancas escalonadas sobre la ladera y el ambiente tranquilo invitan a detenerse unos minutos para pasear, tomar algo o simplemente contemplar las vistas que ofrece esta bonita población serrana.
Poco después aparecen las cercanías de Caldas de Monchique, una histórica villa termal conocida desde la época romana por las propiedades de sus aguas minerales. Rodeada de una exuberante vegetación, constituye uno de los rincones más singulares del Algarve y un lugar perfecto para hacer una pausa si el tiempo lo permite.
La carretera continúa dibujando curvas entre profundos valles y laderas cubiertas de bosque antes de iniciar un descenso progresivo hacia el oeste. Poco a poco el paisaje cambia, las montañas pierden altura y comienzan a aparecer pequeñas aldeas y zonas agrícolas que anuncian la proximidad de la costa atlántica.
El tramo concluye al llegar a Aljezur, una de las localidades con más encanto del suroeste portugués. Dominada por las ruinas de su castillo medieval y atravesada por el río Aljezur, esta población marca el regreso al Atlántico y el inicio de los últimos kilómetros de A Rota 18.

Dejamos atrás Aljezur por la N120 y comenzamos a descender hacia el sur, siguiendo durante estos ocho kilómetros una carretera de dos carriles que atraviesa un entorno cada vez más verde. El trazado es sencillo, con largas rectas combinadas con curvas suaves, aunque el asfalto muestra zonas reparadas y algunos parches que aconsejan no olvidarse del estado del firme.
Nos encontramos ya plenamente dentro del Parque Natural do Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina, aunque el Atlántico permanece escondido a nuestra derecha tras las colinas. La vegetación se acerca mucho a la carretera y en algunos puntos los árboles forman pequeños corredores de sombra. Aquí cambia también la sensación sobre la moto: el aire atlántico puede sentirse más fresco y húmedo y, cuando sopla desde la costa, llega cargado con ese olor a vegetación y mar que anuncia que estamos recorriendo uno de los extremos más occidentales de Portugal.
A nuestra derecha quedan los accesos hacia Vale da Telha y Arrifana. Esta última es una de las pequeñas joyas de la Costa Vicentina, con una playa encajada entre grandes acantilados y abierta directamente al océano. No pasamos por ella, pero quien disponga de tiempo puede tenerla en cuenta como posible desvío.
La N120 continúa hacia el sur entre bosque, monte bajo y pequeñas zonas abiertas, en un recorrido tranquilo que contrasta con las carreteras mucho más reviradas que acabamos de dejar atrás en la Serra de Monchique. Poco a poco vamos sumando kilómetros hacia el extremo suroccidental de Portugal: ya hemos recorrido 362 de los 497 kilómetros de esta última etapa.
El tramo termina al alcanzar el cruce con la N268. Aquí abandonamos la N120 girando a la derecha para continuar hacia el sur por la N268.

Tomamos la N268 y seguimos avanzando hacia el sur, con el Atlántico acompañándonos muy cerca por nuestra derecha aunque durante buena parte del recorrido permanezca oculto tras la vegetación y las suaves elevaciones del terreno. La carretera es estrecha pero cómoda, con buen firme, línea central y un trazado tranquilo en el que predominan las rectas y las curvas suaves.
Seguimos completamente inmersos en el Parque Natural do Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina. Pinos, eucaliptos, matorral y vegetación adaptada al ambiente atlántico ocupan los márgenes de la carretera y, en algunos puntos, las copas de los árboles proporcionan agradables zonas de sombra. Aquí el aire tiene ya otro carácter: más húmedo, con la brisa procedente del océano y ese ligero olor salino que recuerda constantemente lo cerca que estamos del mar.
A la altura de Bordeira la ruta se acerca especialmente a la costa y pasa muy próxima a Praia da Bordeira, también conocida como Praia da Carrapateira. Es una enorme playa abierta al Atlántico, rodeada de dunas y acantilados, en uno de los paisajes más salvajes de esta parte de Portugal. No es necesario abandonar la ruta para entender que estamos recorriendo una costa muy diferente a la imagen más turística del Algarve.
Desde aquí la N268 continúa hacia el sur por un territorio cada vez más abierto y expuesto al viento. La vegetación pierde altura, aparecen grandes extensiones de monte bajo y el horizonte gana protagonismo. Sobre la moto se siente especialmente esa proximidad del océano: el viento, el olor a sal y, cuando la carretera se aproxima a los acantilados, incluso el rumor lejano del mar forman ya parte del viaje.
Son kilómetros para saborear con calma. Estamos recorriendo el extremo suroccidental de Portugal y acercándonos a uno de los lugares más emblemáticos de toda A Rota 18. Al alcanzar Vila do Bispo el cuentakilómetros de la etapa marca aproximadamente 389 kilómetros, por lo que quedan poco más de cien para completar esta última jornada.
El tramo termina en Vila do Bispo. Entramos en la localidad y continuamos siguiendo la ruta, preparándonos para afrontar los últimos kilómetros por este espectacular rincón del Algarve.

Desde Vila do Bispo ponemos rumbo al este por la N125 y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a recorrer la fachada sur del Algarve. Atrás queda la costa occidental, más salvaje y expuesta al Atlántico, y por delante tenemos un tramo largo de unos 60 kilómetros que nos llevará hasta Pêra.
La carretera cambia por completo respecto a los últimos tramos. La N125 es uno de los grandes ejes de comunicación del Algarve y eso se nota enseguida: calzada más ancha, largas rectas, numerosas incorporaciones, rotondas y bastante más tráfico. Aquí toca cambiar el chip y olvidarse durante un rato de las pequeñas carreteras solitarias que hemos disfrutado hasta ahora.
Pasamos por las proximidades de Budens y continuamos hacia Lagos, una de las ciudades históricas más importantes del Algarve. Aunque la ruta no entra en su centro, merece la pena recordar que Lagos conserva un precioso casco histórico amurallado y que muy cerca se encuentra Ponta da Piedade, con sus espectaculares acantilados, arcos naturales y formaciones rocosas sobre un mar de aguas turquesas.
Seguimos después hacia Portimão atravesando una de las zonas más pobladas y turísticas de todo el recorrido. El paisaje alterna urbanizaciones, comercios y zonas agrícolas, mientras el ambiente mediterráneo se hace evidente en la temperatura, los olores de la vegetación y, en determinados puntos, la brisa que llega desde el mar.
Uno de los momentos más reconocibles del tramo llega al cruzar la Ribeira de Boina, muy cerca de su desembocadura en el río Arade. La carretera atraviesa una amplia zona de agua y marismas que abre de repente el paisaje y permite respirar durante unos instantes entre las áreas urbanizadas. Al otro lado queda ya el entorno de Lagoa.
A partir de aquí seguimos avanzando hacia el este por la N125. Estamos atravesando el Algarve turístico, pero también un territorio donde todavía sobreviven huertos, pequeñas parcelas agrícolas y zonas de vegetación mediterránea entre las poblaciones. El sonido del tráfico vuelve a ser protagonista y la conducción exige más atención a cruces, incorporaciones y vehículos que en los kilómetros anteriores.
Finalmente alcanzamos Pêra con unos 449 kilómetros acumulados. A estas alturas ya se empieza a sentir que el viaje se acerca a su desenlace: después de tantos kilómetros recorriendo Portugal de norte a sur, apenas quedan unos cincuenta para completar esta última etapa de A Rota 18.

Desde Pêra dejamos atrás la N125 y tomamos la M526, una carretera mucho más tranquila que nos devuelve a un ritmo más pausado. Durante los próximos 23 kilómetros avanzaremos hacia el este, buscando nuevamente esas carreteras secundarias que permiten disfrutar con más calma del Algarve.
El paisaje cambia también de escala. La carretera atraviesa pequeñas zonas residenciales y agrícolas, con viviendas dispersas, muros, parcelas cultivadas y abundante vegetación mediterránea. Palmeras, olivos y otros árboles acompañan el recorrido, mientras el aire cálido del sur y los aromas de la vegetación vuelven a colarse bajo el casco.
Pasamos por lugares como Quinta da Saudade, Patroves y las inmediaciones de Albufeira. Estamos muy cerca del océano Atlántico, aunque la ruta se mantiene tierra adentro y el mar no siempre resulta visible. Albufeira queda al sur de nuestro recorrido, uno de los grandes centros turísticos del Algarve, conocido por su casco antiguo de casas blancas y por las playas y acantilados que caracterizan esta parte de la costa.
Continuamos por la M526 atravesando Areias de São João y siguiendo después por Branqueira, Vale Navio, Vale da Azinheira y Patã de Baixo. Es un Algarve muy diferente al de las montañas y los grandes espacios solitarios que hemos recorrido anteriormente: aquí las poblaciones prácticamente se suceden unas a otras y hay que prestar más atención a cruces, accesos a viviendas y tráfico local.
Aun así, entre unas zonas habitadas y otras aparecen pequeños respiros de campo abierto y vegetación, suficientes para recordar que seguimos viajando por carretera y no simplemente atravesando una gran área urbana. El sonido de la moto se mezcla ahora con una vida mucho más presente a nuestro alrededor.
Finalmente alcanzamos Maritenda con unos 472 kilómetros acumulados. El final de esta etapa está ya muy cerca y la sensación cambia inevitablemente: después de todo lo recorrido durante el día, apenas quedan unos kilómetros para completar nuestro viaje hacia el extremo suroriental de A Rota 18.

Desde Maritenda nos incorporamos a la N125, una de las grandes arterias que recorren el Algarve de este a oeste. El cambio respecto a las pequeñas carreteras de los tramos anteriores es evidente: la calzada es más ancha, aumenta el tráfico y aparecen continuamente accesos, cruces, comercios y zonas residenciales. Durante los próximos 16 kilómetros toca cambiar el ritmo y prestar algo más de atención a todo lo que sucede a nuestro alrededor.
Avanzamos hacia el este por un territorio cada vez más urbanizado. Dejamos al sur la zona de Quarteira y Vilamoura, dos de los grandes destinos turísticos de esta parte del Algarve, mientras la ruta continúa por el interior sin acercarse directamente a la costa. El Atlántico queda a pocos kilómetros, pero aquí son las casas, los negocios y las pequeñas poblaciones las que dominan el paisaje.
La N125 nos lleva por las proximidades de Quatro Estradas y Almancil. Es una carretera rápida y bastante rectilínea, aunque las numerosas incorporaciones y accesos aconsejan mantener una conducción tranquila. El sonido del tráfico vuelve a estar presente y sustituye por un rato al silencio de las carreteras rurales que hemos disfrutado durante buena parte de la etapa.
Superado Almancil continuamos por Cerro do Galo y Lourenço. A ambos lados se alternan áreas comerciales y residenciales con manchas de vegetación mediterránea, y las palmeras que aparecen de vez en cuando terminan de recordarnos que estamos recorriendo el Algarve más cercano a la costa.
Poco después alcanzamos São João da Venda con unos 488 kilómetros acumulados. La etapa está entrando ya en sus últimos kilómetros, pero todavía queda carretera por delante antes de alcanzar nuestro destino.

Desde São João da Venda continuamos hacia el este, adentrándonos ya en el entorno de Faro. Son apenas 5 kilómetros, pero el paisaje vuelve a cambiar: la IC4 adquiere aquí un carácter claramente urbano y soporta bastante más tráfico, con varios carriles, cruces, incorporaciones y numerosos establecimientos a ambos lados de la carretera.
Dejamos atrás São João da Venda y pasamos por las proximidades de Arneiro-Almancil y Patacão. A nuestro alrededor se mezclan zonas abiertas con áreas comerciales, restaurantes y viviendas, mientras el tráfico y su rumor constante nos recuerdan que nos estamos aproximando a una de las principales ciudades del Algarve.
La conducción requiere ahora más atención que disfrute de curvas. El ritmo lo marcan los vehículos que nos rodean, los accesos laterales y las intersecciones. Después de tantos kilómetros recorriendo carreteras solitarias, montes y pequeñas aldeas, este ambiente resulta casi extraño y deja claro que la etapa está llegando a su fin.
Faro está ya muy cerca. A nuestra derecha queda el entorno de Gambelas y el campus de la Universidade do Algarve, mientras seguimos avanzando por la vía principal hacia la periferia de la ciudad.
Alrededor del kilómetro 493 de la etapa llegamos a una bifurcación. Aquí debemos mantenernos por la derecha para continuar por la N125.

Este es uno de esos tramos que apenas duran unos minutos, pero que sirven para enlazar dos carreteras importantes. Continuamos por la N125-1 durante aproximadamente un kilómetro, todavía dentro del entorno de Faro y con un paisaje completamente distinto al de las carreteras solitarias que protagonizaron buena parte de la etapa.
La vía es ancha, con varios carriles y tráfico frecuente. El ruido de los coches, las incorporaciones y el continuo movimiento alrededor de la moto mandan ahora sobre las sensaciones. Conviene mantener la atención porque nos encontramos en una zona de enlaces donde los carriles se separan y las decisiones llegan rápido.
El paisaje es abierto, con vegetación y algunas construcciones dispersas a los lados, pero aquí la carretera es la auténtica protagonista. Ya llevamos unos 494 kilómetros de etapa y estamos prácticamente a las puertas de Faro.
Al final de este breve tramo encontramos una bifurcación. Debemos abandonar la N125 tomando el ramal de la derecha para incorporarnos a la N2.

Nos quedan apenas tres kilómetros, pero esta vez son diferentes a todos los anteriores. Tomamos la N2 y comenzamos a entrar definitivamente en Faro. Estamos recorriendo el último tramo de la etapa 10 y, al mismo tiempo, el último tramo de A Rota 18.
La carretera nos conduce hacia el centro de la ciudad entre edificios, comercios y un tráfico cada vez más urbano. Después de tantos kilómetros de pequeñas carreteras, montañas, campos, bosques, aldeas y pueblos portugueses, el sonido de los coches y el movimiento de Faro anuncian que el viaje está llegando a su final.
Y quizá sea precisamente ahora cuando empiecen a pasar por nuestra cabeza algunos de los momentos vividos desde que arrancamos en Monção. Hemos atravesado Portugal de norte a sur, buscando carreteras secundarias, rincones apartados y lugares que probablemente nunca habríamos conocido de otra manera. A Rota 18 no pretendía llevarnos rápidamente hasta aquí. Todo lo contrario: la carretera ha sido la excusa para conocer el país poco a poco, desde encima de nuestra moto.
Faro nos recibe al final de una aventura que termina en un lugar especialmente apropiado para hacerlo: la sede del Moto Clube de Faro. No estamos llegando a un motoclub cualquiera. Sus orígenes se remontan a la década de 1970 y fue constituido oficialmente en 1982, el mismo año en el que organizó la primera Concentración de Motociclistas de Faro. Con el paso de los años aquella reunión se convirtió en la célebre Concentración Internacional de Motociclismo de Faro, todo un referente para motoristas llegados de numerosos países.
Su actual sede, situada en la Avenida Cidade de Hayward, abrió sus puertas en 2011 y es mucho más que la base de operaciones del club. Por aquí pasan viajeros y aficionados a las dos ruedas y se organizan conciertos, presentaciones de motos, actividades y encuentros. El propio Moto Clube de Faro señala además que sus instalaciones han servido para acoger a motoristas viajeros de paso. Difícil imaginar un lugar más apropiado para poner el punto final a una ruta creada precisamente para viajar y conocer Portugal sobre dos ruedas.
Apagamos el motor después de 497 kilómetros de esta última etapa. Pero la cifra realmente importante es otra: detrás quedan las diez etapas de A Rota 18 y un viaje que nos ha llevado desde Monção, junto a la frontera española, hasta Faro, en el Algarve.
Ha llegado el momento de aparcar la moto, quitarse el casco y disfrutar de esa mezcla de cansancio, satisfacción y cierta pena que aparece cuando termina un gran viaje. El ruido del motor desaparece, pero quedan todos esos sonidos, olores, sabores, paisajes y sensaciones que hemos ido acumulando por el camino.
A Rota 18 termina aquí, en el Moto Clube de Faro.
El pasaporte estará lleno de sellos. La moto, seguramente, necesitará un descanso. Y nosotros nos llevamos algo bastante más difícil de guardar en una maleta: el recuerdo de haber recorrido Portugal de una forma diferente.
Parabéns. Conseguimos. A Rota 18 está completada.
